Su nombre es Jorge Buompede, pero en Benavídez todos lo conocen como “Pichi”, un vecino que hizo de la actividad colombófila (la cría y entrenamiento de palomas) una pasión que lo acompañó siempre y que le deparó premios, reconocimientos y trofeos.
Nació en Escobar, pero al año de vida llegó a Benavídez, donde sigue viviendo hoy, es decir que lleva 82 de sus 83 años de edad (nació en junio de 1943), viviendo en el barrio que ama y reconoce como su lugar en el mundo.
Alumno del turno mañana de la vieja escuela 122 -hoy es la escuela 41-, la primera en erigirse en la zona, recuerda la vida escolar con algo de nostalgia: “Las maestras eran bravas. Era otra época. También había mucho respeto por parte de uno. La maestra era como la segunda mamá”, dice.
Empezó a trabajar de joven, como muchos hombres de su generación. Recuerda que “en ese tiempo había carteles por todos lados de ‘se necesita aprendiz’. No se ganaba mucho pero aprendías un oficio”.
Pasó por varios empleos en ese tiempo. A los 14 años entró a trabajar en una matricería y entregaba todo su sueldo a su padre. Sólo el dinero de las horas extras se lo quedaba para él. A punto de cumplir los 17 decidió comprarle una televisión a su madre. No le alcanzaba el dinero, pero su patrón, Don Horacio, le completó el monto, lo llevó en su auto a comprar el aparato y luego hasta su casa con la sorpresa: “Cuando apareció el televisor en casa, mi mamá no lo podía creer. Fue una alegría enorme”, recuerda.
Cuando terminó el Servicio Militar en Bahía Blanca, volvió a Benavídez. En un picnic multitudinario en Dique Luján, conoció a Nora Pérez, quien sería su esposa para toda la vida y con la que tiene tres hijos. Ella resultó no solo ser su compañera, sino que compartió desde el principio su afición por la cría de palomas.
Pichi parece por momentos, contemplar otro tiempo. El barrio en los años de su adolescencia “era todo campo. El barrio de las casitas, ahí había un Matadero. A las vacas las bajaban en la ruta 9 y hasta ahí las traían arriando. Había también una o dos verdulerías y la farmacia de don Argentino, donde ahora hay una peluquería. Estaba el tambo, de donde vendían la leche casa por casa con un carro todos los días”.
Luego vino el que sería el trabajo del resto de su vida, en una famosa fábrica de pinturas. Entró como bombero porque era la única posición disponible para ocupar y con el tiempo fue cambiando de tareas hasta que se jubiló a los 60 años.
Sin embargo, detrás de su vida laboral, de las anécdotas juveniles, de los recuerdos familiares sobresale la pasión por las palomas. Lo dice él mismo así: “Toda la vida. Desde los 12 años y hasta hace dos, en que tuvimos que dejar por cuestiones de salud de ambos. Me acuerdo que el primer palomar lo construí en la casa de ella cuando volví del Servicio Militar”.
Así explica cómo surgió este amor por estas aves: “Mi hermano mayor tenía palomas. Antes no había teléfonos. Se soltaban en Córdoba, si había buen tiempo. Yo tenía que averiguar si habían salido, si habían llegado. Esperaba horas. Era una locura. Y bueno, se me pegó el amor”.
Esa afición le deparó muchas satisfacciones. Premios, reconocimientos, más de veinte placas de competencias ganadas. En una pared de su casa, acaso como una especie de agradecimiento, conserva una artesanía que representa a una paloma en particular: “Una de las mejores que tuve”, recuerda.
La cría de las palomas mensajeras, dice, implica una selección cuidadosa de las mejores voladoras, de quienes se espera que sus crías hereden sus condiciones, generando así nuevas camadas aptas para las carreras. En esas carreras participan entre tres mil y quince mil ejemplares, todas ellas seleccionadas e individualizadas. “No son palomas comunes”, explica. “No son torcazas u otra clase. Son mensajeras. Los pichones nacen, hay que esperar 40 días para subirlos al palomar y así empiecen a reconocer el lugar al que van a volver. Deben tener su palomar con casilleros, piso de alambre para mejor higiene, control veterinario y vacunas obligatorias”.
Cuenta cómo saben volver a un sitio en específico: “Algunos dicen que es por el campo magnético de la tierra y otros por la posición del sol. En realidad es una combinación de ambas cosas. Además tienen una memoria topográfica increíble y nunca se equivocan de lugar. Siempre vuelven. Vos largás tres mil palomas desde un camión en Rosario, La Plata, donde quieras, y vuelven a su casa sin problemas”.
La identificación de cada una se hace a través de un registro con anillos oficiales, que quedan registrados a nombre del criador. “Nadie puede correr una paloma que no le pertenezca. Si corro con una paloma ajena y gano, me pueden denunciar y suspender de por vida. Es algo serio”, dice también con cierta solemnidad.
Es un sistema exigente. “Las palomas corren 500, 600 y hasta 800 kilómetros. Algunas no llegan a destino, ya sea porque no les alcanzó la luz del día o porque no estaban bien preparadas y chocan con alambrados o se lastiman de alguna forma. Algunas se recuperan pero otras no. La identificación ayuda a saber cuál falta y de quién es”.
Emociona la pasión de este hombre, que ha dividido su amor entre su familia, su comunidad, su barrio y las palomas. Y si abandonó la actividad colombófila no se quedó quieto: hoy es el Presidente del Centro de jubilados “Amor”, allí en su localidad.