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César Cimini, el artista enamorado de la naturaleza de Tigre

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Tiene 72 años y hace 15 decidió mudarse a Tigre centro; lugar que por su naturaleza siempre lo inspiró. César Cimini (Instagram @cesarcimini) tiene una mirada romántica del lugar que habita. Mientras pinta al aire libre, rodeado de árboles, agua y murmullos del paisaje tigrense, transmite calma. “La naturaleza siempre me gustó porque enseña aunque no quieras”.

Llegó hace unos quince años, después de vivir en distintos barrios y localidades. Venía seguido a pintar y, cuando pudo, decidió quedarse. El paisaje lo atrapó, pero también la posibilidad de una vida más cercana a lo esencial: el agua, los árboles, el silencio interrumpido por los pájaros. “Tigre tiene de todo: paisaje, gente, diversidad. No es promoción, es ganas de que otros disfruten lo que uno disfruta. Hay que compartirlo”, expresó.

Su recorrido artístico no fue lineal. Comenzó estudiando arquitectura, pero una tesis sobre teatro griego cambió su camino para siempre. La filosofía, la mitología y la escena lo atraparon con fuerza, y así llegó al Conservatorio Nacional, donde se formó durante siete años como profesor de teatro y escenografía. Paralelamente, la pintura siempre estuvo ahí, acompañándolo desde joven, como un espacio de disfrute y libertad. En su relato, hace mención especial a su padre: “Él era artista, había estudiado mucho y después se dedicó al diseño de joyas. Mantuvo una familia creando. Amaba a la gente, la trataba con respeto. Jugaba conmigo: me contaba un cuento mientras lo dibujaba”.

Pintar, para César, nunca fue una obligación. Es un acto espontáneo, una conversación silenciosa con el paisaje. Por eso prefiere hacerlo al aire libre, donde el encuentro con otros se vuelve inevitable. Vecinos, curiosos, chicos que se acercan a preguntar. En cada intercambio hay algo que se comparte: una idea, una experiencia, una invitación a mirar distinto.

Su relación con el arte está atravesada por la amistad. El teatro, la música, la pintura: todo cobra sentido cuando se vive con otros. No habla de premios como logros —aunque los tuvo, incluso uno internacional de la UNESCO en 1979— sino del reconocimiento cotidiano, ese que nace del vínculo humano. Le hace más feliz que su obra esté en la casa de alguien antes que en una galería.

Durante años fue docente en escuelas y universidades, especialmente vinculado al trabajo del cuerpo en el espacio, formando músicos, directores y compositores. Cuando llegó el momento de jubilarse, no lo vivió como una pérdida, sino como el cierre natural de una etapa. “Que siga otro”, dice con convicción. Hoy disfruta de no tener que conquistar nada, de habitar el presente con mayor calma.

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